martes, 4 de mayo de 2021

La bici que salvó a los judíos del Holocausto

 Gino Bartali.

Gino Bartali no era fascista y aborrecía la política, aunque Mussolini convirtió al ciclista en un icono del régimen. Durante la guerra fingía que entrenaba, pero estaba ejerciendo de correo para una red clandestina que ayudaba a escapar a hebreos y partisanos de la muerte. Aquellos pasaportes hacia la libertad surcaban Italia escondidos en el cuadro de su bicicleta.

madrid  Actualizado: 

“Tampoco entró en el juego del fascismo, aunque, como había sido el gran icono deportivo de la preguerra, el régimen lo utilizó con fines propagandísticos”, explica a Público Ander Izagirre, autor del libro Plomo en los bolsillos (Libros del KO). Quizás habría que contraponer su figura con la de otro gran campeón, el piamontés Fausto Coppi, para entender los rasgos trazados por el imaginario popular italiano: frente al joven, agnóstico, moderno, adúltero y comunista Coppi, el régimen, los medios y la afición lo pintaron como la estrella madura, religiosa, tradicional, fiel y conservadora. Luego veremos que Fausto no era en absoluto un comunista, aunque su vida disoluta más allá de las polvorientas calzadas contribuiría a su leyenda roja: nadie en Italia convenía, al menos en público, con los andares de un hombre que había renegado de la Iglesia y mantenía una relación extramatrimonial con una mujer casada, fruto de la cual tuvo un hijo. “Gino era un miembro de Acción Católica, mientras que él no militaba en nada”, matiza el periodista donostiarra.

Gino Bartali nació en el seno de una familia campesina de Ponte a Ema, a las afueras de Florencia, en 1914. Eran humildes, pero no pasaban hambre, pese a las carencias derivadas de la Gran Guerra. Primero aprendió a caminar y, al poco, a montar en bicicleta, aunque hay dudas sobre cómo se hizo con una. El periodista Jon Rivas, en el libro ¡En París se han vuelto locos! (Córner), sostiene que pudo comprarla haciendo trabajillos, aunque al dinero que se embolsó habría que sumar parte de la dote de sus hermanas y la ayuda económica de su padre. Lo más probable es que fuese un regalo de Oscar Casamonti, en cuyo taller pasaba las horas colocando radios en las ruedas de las bicis tras salir de la escuela. Fabio, el hijo del mecánico, recordaba antes de fallecer hace dos años que un día su padre le dijo al de Gino: “Torello, me parece que tu chaval es bueno con la bici. ¿Por qué no lo dejas participar en una carrera infantil?”. El jefe había sido testigo de las aptitudes del aprendiz, pues competía en aficionados y, cuando salía a entrenar con Bartali, no conseguía dejarlo atrás.

Tenía quince años y pronto engrosaría las filas de la Società Sportiva Aquila, el club de su pueblo, cuyos alevines siguen homenajeando hoy al maestro cada vez que se ajustan la maglia bianconera, similar a la que se enfundaba Il Ginettaccio en los años treinta. Ya desde sus orígenes, inevitablemente surge la comparación con Coppi, porque hay héroes que se cincelan a partir del molde de un rival a su altura. Es injusto, sí. Lo era antes y lo sigue siendo ahora, décadas después, cuando no hay Cristiano sin Messi, ni Guardiola sin Mourinho. El periodista Franc Lluis i Giró le otorga al toscano el protagonismo merecido en Gino Bartali, el hombre de hierro (Dstoria Edicions), aunque reconoce que el cotejo es ineludible. “Nadie se ha centrado en su figura, sino que es descrito teniendo como referente a su contrincante. De hecho, quien se ha quedado fijado en nuestra retina es Coppi, envuelto por el halo del ganador, de ahí el apodo de Il Campionissimo; y eso que el palmarés de Bartalli es impresionante”, explica a Público el también locutor de ‎Ràdio Sabadell, consciente de que el piamontés, en lo que respecta a las grandes vueltas, sólo ganó dos Giros más que el florentino.

Las diferencias eran insalvables, pero al tiempo su biografía está trufada de paralelismos —un hermano de Fausto, Serge, también era ciclista y murió en un accidente durante una carrera—. Se habla de un Bartali rural y un Coppi urbano, si bien ambos eran gente de campo. Claro que esta visión puede pecar de superficial y capitalina, pues si sometemos esa realidad al poder amplificador del microscopio, nos encontraremos con el hijo de unos aparceros y con el de unos jornaleros. Hasta hay clases entre los humildes, pero dejemos que nos ilustre el periodista Curzio Malaparte, quien en 1949 publicó en Francia Coppi e Bartali, traducido décadas después al italiano por la editorial Adelphi. “En Bartali, nacido en una familia de agricultores toscanos, prevalece el campesino, con su mística elemental, su fe en Dios, su apego a los valores tradicionales de la tierra.

En Coppi prevalece sin embargo el obrero, si bien él también nació en una familia de campesinos. Pero mientras Bartali pasó del arado a la bicicleta, Coppi, cuando agarró la bicicleta, ya había repudiado la tierra. Bartali es hijo de una zona de la Toscana que ha permanecido campesina, Coppi de una zona del Piamonte donde el campesino ya comparecía teñido de espíritu proletario“.

Cuando habla de ellos en su ensayo, Malaparte está esbozando dos Italias, la de antes y la de después de la contienda. Más que un ciclista fascista y un ciclista comunista —como ya hemos subrayado, no eran ni una cosa ni otra—, se trata de un país que anochece y de otro que amanece. Y, aunque su extracción social era similar, el periodista aplica a Coppi unos atributos industriales. Recordemos que el Piamonte, cuya capital es Turín —la ciudad de la Fiat, el Martini o la Juventus—, es junto a la Lombardía o el Véneto la locomotora de Italia, que tira de unos vagones que llegan hasta la Puglia, Basilicata, Calabria y, salvando el estrecho de Mesina, Sicilia. Escuchemos a Malaparte: “Fausto es un obrero, Gino un agricultor. El misterio físico de Bartali sería inexplicable si olvidásemos que la virtud fundamental de los campesinos toscanos es la resistencia, unida a un sentido de la economía, sea físico o moral, que se transforma en arte. El aspecto humano está más desarrollado en Bartali que en Coppi”.


 Bartali, el Pío; y Bartali, el hombre de hierro. Vayamos primero con el aspecto religioso, que podría ayudar a comprender su condición de ángel no sólo de los judíos, sino también de los antifascistas que trataba de huir de un Estado que había engrasado la maquinaria del exterminio. Aunque podría decirse que el pueblo italiano no estaba por la labor, las leyes raciales promulgadas a partir de 1938 marginaron a los hebreos. “El sustrato católico de la sociedad posibilitó que los italianos percibiesen la Solución Final como algo negativo, por lo que Eichmann tuvo que acelerar las deportaciones de judíos a través de las líneas ferroviarias”, explica a Público Martiño Suárez, autor del libro Bestiario do vestiario (Carlos Meixide Ed.). “Y esa condición de creyente, precisamente, inoculó a Bartali un gran sentido de la justicia”, añade el periodista lucense, quien se pregunta en el relato El correo de la resistencia cómo el “beato escalador” fue capaz de permanecer callado toda su vida, mientras era testigo de cómo se acrecentaba la leyenda, “más atractiva”, de Coppi.

Un año antes de que Europa se liase a garrotazos y comenzase a hundirse en el barro, en Italia los judíos no podían casarse con católicos, ni emplearse en la administración o en la banca, ni estudiar en escuelas públicas, ni por su puesto dar clase, excepto en colegios específicos para niños judíos.

Cómo estaría la cosa, que ni podían ejercer como abogados o periodistas… Por si no fuese suficiente, a medida que los fascistas se replegaban en el norte, la represión se acentuaba, puesto que los nazis ya habían tomado las riendas del asunto. Al principio, los trenes de mercancías o con vagones acondicionados para el transporte de ganado partían de la estación romana de Tiburtina rumbo a Auschwitz. Luego, atrincherados en la República de Saló, las huestes de Hitler siguieron enviando a los hacinados en el campo de concentración de Risiera di San Sabba a Dachau, Buchenwald y Auschwitz.

Además de los judíos, el Manifiesto de la raza también prohibía el culto pentecostal y perseguía a los gais, aunque Mussolinino había condenado previamente la homosexualidad porque aseguraba que los italianos eran “demasiado viriles para ser homosexuales”. En realidad, hasta entonces tampoco había excluido a los judíos de la vida pública, por lo que el viraje podría obedecer a razones estratégicas, en un intento de colmar las ansias antisemitas de Hitler, como sostienen algunos historiadores.

El papa Pío XII, por su parte, mostró su rechazo en una carta enviada al Duce, aunque hay expertos que han criticado la tibieza del Vaticano con las leyes raciales. Sin embargo, la red clandestina en la que se involucró Bartali contó con la inestimable colaboración de católicos, entre los que se encontraban el arzobispo de Florencia, Elia Angelo Dalla Costa, así como monjas de clausura, frailes franciscanos y monjes oblatos. Todos ellos prestaron su ayuda a la Delegación de Asistencia a Emigrantes Judíos (Delasem), con sede central en Génova y muy implantada en la Toscana, donde estaba dirigida por el joven médico y rabino florentino Nathan Cassuto y por el sacerdote Leto Casini. El objetivo era buscar una vía de fuga para que los judíos pudiesen escapar de las garras del nazismo a través de Francia y Yugoslavia.

Sin embargo, ambos fueron delatados y Cassuto fue enviado a Auschwitz, donde falleció en 1944, y Casini dio con sus huesos en la cárcel, aunque prosiguió su labor cuando fue liberado. El vacío creado forzó al judío Giorgio Nissim a tomar el testigo como uno de los responsables regionales de la red, encargada de facilitar documentación falsa a quienes querían huir, una misión en la que Bartali cumpliría un papel trascendental. Nissim, que había heredado de su padre una fábrica textil en Pisa, se marcó como objetivo salvar al mayor número de niños posible. Para ello, creó un registro infantil y confió a los menores a los comités femeninos de la Delasem, desperdigados por todo el país. Luego buscó padrinos para que los ayudaran no sólo económicamente, sino también anímicamente, por lo que debían escribirles cartas a los pequeños para ayudarlos a sobrellevar la situación. Un sistema que guarda cierto parecido con lo que hoy se conoce como adopción a distancia.

Bartali, ligado a Acción Católica desde niño, había emitido los votos de terciario carmelita a los veintidós años. “Una elección que comportaba más oración, pero también una mayor inclinación a realizar buenas obras”, detallaba su hijo Andrea en una entrevista al semanario Tempi. “Sentía especial devoción por Santa Teresa del Niño Jesús, también carmelita: cuando construyó nuestra casa, le dedicó una pequeña capilla que mandó edificar dentro. El cardenal Dalla Costa le había concedido un altar consagrado para decir misa: cuando iba a la iglesia, a veces sucedía que los fieles estaban más atentos a él que al rito, y eso no le gustaba. Entonces permanecía en la capilla: se metía allí a realizar sus oraciones y, de vez en cuando, le pedía a un cura que celebrase misa”, recuerda Andrea, quien fue precisamente el albacea elegido por su padre para custodiar el secreto y siempre respetó su voluntad.

Fue revelado en 2003 por los hijos de Nissim después de que su viuda desempolvase los cuadernos que había guardado en un cajón. Unos diarios manuscritos, de caligrafía casi ilegible, en los que figuraba Gino, el bicimensajero de la Delasem: cuando la Segunda Guerra Mundial congeló el Tour y el Giro, Bartali no dejó de pedalear, pero no lo hacía sólo para mantenerse en forma durante el paréntesis bélico, sino también para llevar de un sitio a otro los pasaportes falsos que permitirían escapar a ochocientos judíos. Estos se confeccionaban en imprentas clandestinas habilitadas en los sótanos de conventos y abadías, por lo que su tarea consistía en llevar hasta allí papeles y fotos, recoger los documentos falsificados y transportarlos hasta las iglesias indicadas, donde eran recogidos por los curas afines a la causa.

Gino Bartali y Fausto Coppi.
Gino Bartali y Fausto Coppi.

Bartali conocía el mapa de carreteras de la Toscana como la palma de su mano. Rodaba sobre ellas de día y de noche, sorteando las patrullas con el saludo de un héroe, el Monje Volador, por el que los soldados sentían auténtica devoción. Si alguno ponía pegas, no había mejor excusa que la del entrenamiento. Y si alguien osaba acercarse a la bicicleta, espantaba de malos modos al curioso, no fuera a ser que la desequilibrase, pues según él había que tratarla con delicadeza porque había sido ajustada al milímetro para alcanzar la mayor velocidad posible. En realidad, escondía el papeleo en el cuadro y bajo el sillín. “Papá arriesgó su vida para salvar a muchas personas”, declaraba al semanario Tempi su hijo Andrea una mañana de septiembre de 2013, después de que la Yad Vashem —la institución que honra a las víctimas del Holocausto— le otorgase el título de Justo entre las Naciones. “Era muy humilde y no quería contar todo lo que había hecho por los judíos: El bien se hace, pero no se dice, ¿si no qué bien es ése? Siempre quiso mantener en silencio esta historia”, afirmaba Andrea, quien aseguraba que cuando alguien husmeaba en su pasado, Bartali lo mandaba callar e incluso amenazaba a los periodistas con denunciarlos si seguían incordiándolo. “No está bien especular con las desgracias de los otros”, solía decir.

Franc Lluis i Giró cree que lo hizo por dos razones. En primer lugar, por miedo: “Sabía que se estaba jugando la vida y quería aislar a su familia. Guardar el secreto era una forma de evitar que se involucrase su mujer y de proteger a sus hijos”. En segundo lugar, porque no quería jugar con las vidas ajenas: “Evitó vender una imagen de heroicidad a través del sufrimiento de otros. No se consideraba un héroe y tampoco interpretó su acción como algo maravilloso: si bien evitó que muchos niños fuesen confinados en campos de concentración, era consciente de que sus condiciones de vida posteriores habían sido pésimas; o sea, no había encaminado a ochocientas personas a una vida plena, sino simplemente a la supervivencia”. Bartali lo había hecho porque había que hacerlo. Era lo correcto. No había una razón ideológica, sino humana —o, si se prefiere, humanitaria—, como defienden Aili y Andres McConnon en Road To Valor, una biografía que detalla cómo el ciclista escondió a una familia judía, los Goldenberg, en una casa que poseía en Florencia, adonde se acercaba cuando podía para llevarles víveres y noticias. La amistad que mantenía con ellos fue una de las razones que llevó a Bartali a dar el paso, según Aili, quien en una entrevista concedida a Giovanni Fontana para la revista Studio relata otro motivo: la petición del cardenal Dalla Costa, “a quien admiraba mucho”.

Fontana abunda en el reportaje Eppure Bartali en las razones más profundas del toscano, quien en su día ya había dicho: “Estas cosas se hacen y basta”. Bartali no se echó nunca al monte, pero fue un antifascista a su manera, controlando los riesgos, pues sabía que si se hubiese opuesto frontalmente a Mussolini habría echado a perder su carrera deportiva y, lo que es peor, expuesto a su familia. Eso sí, cuando ganó el Tour en 1938, no le dedicó la victoria al Duce, como había hecho la selección italiana en el Mundial, sino a la Virgen. “En el fondo, él decía que la única cosa que había hecho era meterse en el bolsillo los papeles y llevarlos adonde le indicaban”, escribe el periodista italiano, convencido de que el mayor crítico de la teoría que presenta a Bartali como un héroe fue el propio Bartali. “Él no poseía las características del héroe que combate por una causa, sino que se corresponde más con la imagen de un hombre de bien, ese tipo de persona que no tiene una causa, pero que trata de vivir con rectitud su propia vida”. Franc Lluis i Giró concuerda con la tesis: “No es alguien ideologizado. Lo hizo por un amigo y por hacer el bien, independientemente de sus opciones religiosas y políticas”.

Vayamos con el hombre de hierro. Jon Rivas describe metafóricamente la técnica del toscano: “Ganaba por riñones, y también espoleado por la fe en Dios”. Bartali creía que más allá de las nubes que coronaban los Alpes existía el cielo, algo comprensible si nos atenemos a su capacidad de sufrimiento. No tenía sentido maltratar su cuerpo de aquella manera si después no hubiese una recompensa. El Monje Volador encarna el último exponente del ciclismo épico, cuando los corredores abrían casi literalmente los caminos a su paso, como una desbrozadora que se adentra en el monte cerrado. “Bartali era fuerza bruta, mientras que Coppi, pese a ser un portento, era más elegante”, señala Izagirre. Otra vez el maldito Coppi, “con quien se inició el ciclismo moderno, pues impuso la estrategia de equipo, los gregarios, los masajistas y las dietas”. Una vez a la semana, por ejemplo, introdujo como plato único el hígado y el germen de trigo, mientras que Bartali desmoralizaba a sus rivales antes de la etapa echándose un cigarrillo a la boca. Media Italia se puso de su lado: “El león furioso, el atleta corajudo a la antigua usanza que destrozaba a sus rivales con la fuerza bruta, el ciclista racial que nada más cruzar la meta encendía un cigarro y en algunas épocas fumaba cuarenta pitillos diarios”, relata el escritor donostiarra en Plomo en los bolsillos.

Frente a un ciclista a la antigua usanza, hoy considerado clásico y de gesta, emerge Coppi, quien suplió sus limitaciones atléticas con una capacidad pulmonar que no tenía mucho que envidiar a la de Miguel Indurain —siete litros, uno menos que el navarro, quien duplicaba la de un deportista medio— y con la perfección de la técnica, tanto sobre la bici como alejado de ella. O sea, el comunista brotaba de la carretera como un ser llegado del futuro; si les parece una metáfora hiperbólica, lean lo que escribía en La Gazzetta dello Sport el periodista italiano Gianni Brera allá por 1949: “La estructura morfológica de Coppi parece un invento de la naturaleza para completar el modestísimo ingenio mecánico de la bicicleta. 

Arqueado sobre el manillar, resulta un mecanismo superior, una máquina de carne y hueso en la que no somos capaces de reconocernos”. Sobre ruedas, Coppi proyectaba una sombra elegante, lucía un “pedaleo de tacón recto” y explotaba sus “zancas de cigüeña”, como describe Izagirre en su libro. Todo hay que decirlo, cuando se bajaba parecía un pajarraco enjuto, mientras que Bartali era lo que se dice un buen mozo. Nada que el piamontés no pudiese solucionar con una visita al guardarropa. “Vestía bien, se peinaba para atrás y, con sus gafas de sol y trajes de diseño, encarnaba la Italia moderna”, resume Martiño Suárez.

Pese a su resistencia y a su entrega —la bicicleta, para quien la trabaja—, Coppi hizo valer su diferencia de edad —era cinco años más joven— y fue testigo del ocaso de Bartali, quien ostenta dos récords tan curiosos como difíciles de batir: ganó dos Tours (1938 y 1948) y dos Giros (1936 y 1946, además de un tercero en 1937) con diez años de diferencia. En todo caso, a ambos los separa una guerra mundial del olimpo del ciclismo, reservado para los ganadores de cinco Tours. Bartali no pudo disputar nueve ediciones, siete por culpa del conflicto, lo que da la medida de la oportunidad perdida. Ya sabemos que no malgastó el tiempo y que su grandeza no depende tanto del número de victorias, sino de cómo las logró, verdaderas hazañas que darían para otro reportaje. También que fue idolatrado por la afición, sobre todo por la bartalista, pero ahí queda la duda sobre el hueco que pudo ocupar en su vitrina su desinflado palmarés. El cariño que recibió de sus fieles, curiosamente, no siempre fue correspondido.

A veces, resultaba arisco y distante, aunque apenas nadie conociese entonces el porqué. “Papá tenía algunos problemas cuando lo asaltaban sus seguidores. Tras la etapa, llegaba al hotel con la mano derecha toda hinchada y, cuando la escondía porque empezaba a dolerle, los fans lo atosigaban con palmadas en la espalda”, cuenta su hijo Andrea en el libro Gino Bartali. Mille diavoli in corpo (Giunti Editore, 2010). 

Su autor, Paolo Alberati, cuenta que a veces terminaba la jornada magullado y que detestaba que lo acosasen, quizás traumatizado por las agresiones que sufrió en el Tour de 1950 por parte de los aficionados antimacarrones, lo que le llevó a abandonar la carrera —arrastrando a sus compañeros con él y pese a que Fiorenzo Magni portaba el maillot amarillo—. “No quiero morir aquí”, declaró a la prensa.

Sea como fuere, Andrea reveló una vez fallecido que los besos y abrazos le daban asco, aunque su hijo dejaba claro que nunca había rechazado una muestra de afecto. Su padre, en todo caso, se murió con la conciencia tranquila, como refleja esta declaración que le hizo al periodista y escritor Gianni Mura: “Yo no he ganado mucho dinero e hice algunas inversiones equivocadas, pero tengo garantizado un vaso de vino y que me choquen la mano en cualquier pueblo de Italia”. Esto no lo hemos dicho antes, pero a Gino le privaba el morapio, mientras que Coppi prefería atiborrarse de pócimas y remedios para mejorar su rendimiento. De hecho, la receta milagrosa del piamontés llegó a obsesionar a Bartali, que lo espiaba continuamente y no dudaba en colarse en su habitación de hotel para ver qué tipo de reconstituyentes eran aquellos. “La evolución de su relación es habitual en el deporte.

Partiendo de una enemistad documentada, como cuando tenían roces en la selección italiana [entonces, los corredores no corrían el Tour con sus equipos, sino en representación de su país], terminan siendo amigos, hasta el punto de que Bartali lleva el féretro en su entierro”, afirma Franc Lluis i Giró. Cuando falleció Coppi —con apenas cuarenta años, víctima de la malaria que había contraído durante un viaje a Burkina Fasso—, su colega dijo algo así como que se había muerto la mitad de sí mismo. “Estoy convencido de que Fausto, cuando nos reencontremos en el Paraíso, estará de acuerdo conmigo: el ciclismo sólo ha tenido dos campeonísimos, yo y él”.

No le faltaba razón: uno alimentó la leyenda del otro, y viceversa; cada uno por separado era un mito en vida del ciclismo, pero juntos se transformaron en unos colosos del imaginario popular italiano. “Ninguno es más grande, son indisolubles en la historia”, cree Izagirre. No obstante, las pedaladas de Bartali fuera de la competición lo hicieron llegar más lejos. “Los entrenamientos de Bartali servían de guía para indicar a los fugitivos cuáles eran los caminos más fiables para escapar o para llegar hasta algún refugio seguro”, apunta el autor de Plomo en los bolsillos. Aili y Andrés McConnon también describen en Road to Valor una anécdota que refleja su valor: unos judíos y antifascistas que huyen en tren tienen que cambiar de vagón en una estación que está plagada de soldados; Bartali, para despistarlos y facilitar su fuga, comienza a saludar y a firmar autógrafos a los militares.

El periodista Leo Turrini asegura en su libro Bartali: L’uomo che vinse il Giro, il Toure conquistò un posto nel Giardino dei Giusti (Imprimatur) que al final de la guerra “es condenado a muerte por los camisas negras y huye milagrosamente de los partisanos rojos que querían llevarlo al paredón”; y que, tras la liberación, “los partidarios del partido comunista lo detestaban, viendo en él un símbolo del poder clerical”.

Pese a que Curzio Malaparte escribió aquello de “Gino es hijo de la fe y Fausto, del librepensamiento”, ni Bartali era un santo varón, ni Coppi un diablo rojo. “Nunca quise saber nada de política. En el bolsillo sólo llevo tres carnés: el de Acción Católica, el de la Federación Ciclista Italiana y el carné honorario de mi primer club ciclista, el Águila de Ponte a Ema”, zanjaba Gino los intentos de politizarle. “Simplemente, era conservador y muy católico, pero a los periodistas deportivos nos gusta contar la realidad a partir de una dialéctica marxista, como de cruce de contrarios”, confiesa Franc Lluis i Giró, en referencia a su rivalidad con Coppi. 

Y bueno, podría ser un meapilas, pero no alguien que se sometiese a Mussolini —excepto cuando aceptó no correr el Giro para preparar el Tour de 1938, que ganó a mayor gloria del fascismo— ni a la Democracia Cristiana, aunque un telefonazo del presidente del Consejo de Ministros, Alcide de Gasperi, lo espoleó para ganar la edición de 1948. 

Mientras corría por las carreteras francesas, los fascistas atentaron contra el secretario general del Partido Comunista Italiano, Palmiro Togliatti. Convocada de urgencia una huelga general, De Gasperi le pide que gane el Tour para evitar una guerra civil. ¡Y lo gana! ¡Con 34 años! Indro Montanelli escribió que, “según Andreotti [el zorro más astuto y maquiavélico de la Democracia Cristiana], sin aquella hazaña, las masas soliviantadas hubieran provocado una verdadera matanza”.

Claro que el fascismo se aprovechó de sus gestas. “La primera victoria en el Tour le viene como anillo al dedo a Mussolini: un ciclista italiano se impone a las otras razas y consigue ganar la carrera más dura”, sostiene Franc Lluis i Giró. Claro que la Democracia Cristiana también sacó tajada: “Todos los gobiernos del mundo intentan capitalizar los éxitos deportivos, porque es una cuestión de cohesión social y de proyección del éxito. En un régimen totalitario, es una consigna obvia y clara, pero también sucede en democracia”, añade el autor de Gino Bartali, el hombre de hierro. Ahora bien, nunca hubo pago por los servicios prestados, como confirma el anecdotario bartalista: cuando, tras regresar victorioso del Tour, es recibido por De Gasperi, el mandatario le pregunta qué quiere como recompensa. Bartali —se non è vero, è ben trovato— le responde: “No pagar más impuestos”. ¡Y claro que los siguió pagando! Pero más allá de la broma, Gino el Pío procuró mantener siempre su independencia y en varias ocasiones rechazó ser candidato electoral.

El senador democristiano Attilio Piccioni le propuso concurrir al Congreso tras la guerra, y él se negó. Luego lo intentó el papa en persona y ésta fue la respuesta: “Soy católico, por lo que decirle que no es como decirle que no a Dios Padre, pero debo rechazarlo por respeto a mis seguidores”. Más difícil todavía: después de Tangentopoli, el escándalo de corrupción que minó la Democracia Cristiana, Vittorio Sgarbi —que en 1994 pasaría del Partito Liberale Italiano a Forza Italia, el partido de Silvio Berlusconi— quiso apropiarse de un famoso dicho de Bartali —“Todo está mal, habría que rehacerlo todo”— y le ofreció un escaño en el Senado. “A mi edad, sería una bobada”, le contestó el Viejo, apelativo que se haría popular entre el pelotón mucho antes de que decidiese retirarse… ¡a los cuarenta años! Hay otro pasaje que relativiza el supuesto comunismo de Coppi —”que simpatizó con ciertos movimientos obreros”, según Franc Lluis i Giró— y lo acerca ideológicamente a Bartali. Así, Paolo Alberati asegura que el piamontés llegó a postularse como candidato de la Democracia Cristiana, aunque luego la oferta no se concretó y terminó declarando: “Si no se presenta Bartali, tampoco me presento yo”.

Aunque está sacada de contexto, esta frase de Curzio Malaparte viene al pelo: “Bartali es un hombre, Coppi un robot”. El escritor se refería, claro, a sus dotes deportivas. Gino primero había luchado contra un ser superior —la montaña—, luego contra Coppi —un superclase— y, finalmente, contra el reloj —que iba oxidando sus piernas a cada pedalada—. Luego siguió vinculado al ciclismo como director del San Pellegrino —cerrando el círculo al volver a darle órdenes a Fausto Coppi, algo que no hacía desde que el piamontés había sido su gregario— y como comentarista de la RAI. Aunque también pasó por el plató de un programa satírico de Canale 5. “Papá adoraba sentirse libre y hablar sin pelos en la lengua”, comentaba Andrea. “El Padre Eterno nos ha dado la libertad de pensamiento y de palabra, o sea, la libertad de salirse del rebaño. Por eso acepté presentar Striscia la Notizia, pero pocos lo han entendido y demasiados santurrones han criticado mi decisión”, le dijo a su hijo el héroe mudo, quien a los 86 años decidió callarse para siempre.


El Estado israelí concedió este miércoles la nacionalidad a título póstumo a Gino Bartali, ciclista italiano que arriesgó su vida para salvar la de judíos hostigados por el nazismo, y en cuyo nombre se celebra la primera etapa del Giro de Italia 2018, que comienza el viernes en Jerusalén.

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