jueves, 6 de mayo de 2021

Voces del Holocausto: sobrevivir a los campos después del exterminio

El 27 de enero de 1945 fue liberado Auschwitz. Pero el calvario para los judíos estaba lejos de acabar. Dos mujeres nos lo cuentan
  / C.JORDÁ 

El mundo cree conocer la terrible historia de los campos de exterminio, del Holocausto, y los seis millones de tragedias causadas. Hemos visto las instantáneas de cadáveres desnudos en los campos de exterminio, las pilas de zapatos y gafas que alguna vez tuvieron dueño. Pero la fatalidad posterior está más escondida, y es más difícil de reconstruir. Es la historia con minúsculas, la odisea que los judíos supervivientes siguieron padeciendo después de que tal día como este 27 de enero, pero en 1945, se liberase el más conocido de los campos de exterminio: Auschwitz–Birkenau.

Con motivo de esa fecha hemos conocido a dos mujeres españolas que nos han contado sus historias y las de sus familias, que nos han hablado de sus heridas, de lo que vino detrás del horror absoluto del exterminio. Porque el 27 de enero de 1945 se cerró simbólicamente uno de los episodios más trágicos y oscuros de la historia de la humanidad, y hubo millones de personas que salieron del infierno tras las alambradas para sumergirse en las tinieblas de la persecución.

LA HISTORIA DE RAJEL

La “peripecia” de Rajel, como ella misma la llama, duró once años, mientras que la guerra sólo duró seis. Recuerda que “se sabe muy poco de lo que ocurrió después a los judíos, a los que sobrevivieron al campo y a los demás. Yo viví con ellos esta etapa”.

Rajel, cuyo verdadero nombre es Rhoda Hendesle Abecasis, no conoció los campos nazis, pero su historia sí pasa por otros lugares no tan diferentes, como el gueto de Varsovia en el que nació y del que su familia consiguió escapar milagrosamente. “Logramos cruzar la frontera de Bielorrusia, pero cuando nos pillaron los rusos reclutaron a mi padre, y a mi madre y a mí nos deportaron a Siberia a una comuna urbana en una ciudad”. No era exactamente un gulag, pero se le parecía mucho: “Mi madre ya estaba en cinta y no servía para el gulag, pero de todas formas, también trabajaba como esclava”.

Pasaron tres años en Siberia: “Mi madre trabajaba como mujer de la limpieza en un cuartel y por las tardes en una fábrica de azúcar, allí recibimos un telegrama diciendo que mi padre había caído. Yo tenía unos cuatro años. Mi hermano murió de hambre allí también”.

Luego les llevaron a Ucrania, porque la zona necesitaba mano de obra en el campo. Allí vivieron y celebraron el final de la guerra, pero entonces “los rusos nos metieron en un tren de ganado y los mandaron de nuevo a Polonia”.


¿Otra vez en casa?

La mayoría de los judíos que sobrevivieron al exterminio eran polacos, y la mayor parte de los campos estaban en Polonia, “así que al menos estaban en su tierra natal”, nos dice Rajel. Pero no encontraron un hogar: “Fuimos a una ciudad en la Baja Silesia que había sido bombardeada y estaba casi desierta, porque en ella habían vivido alemanes que se habían retirado corriendo, con lo puesto”.

Así que Rajel y su madre estuvieron un tiempo en ese peculiar lugar, en un sucedáneo de libertad: “Entre las ruinas había armarios llenos de ropa y muchas otras cosas, y para los niños era muy divertido buscar pequeños tesoros” rememora. Pero ese lapso de tranquilidad no duró mucho: “Empezaron a llegar polacos no judíos y rápidamente se corrió la voz de que andaban apaleando a los judíos, tirándonos piedras y diciendo que si ya nos habían echado de Polonia para qué volvíamos”.

“Llegó un momento –nos cuenta– en el que teníamos miedo a salir, y mi madre y yo subimos a una pequeña buhardilla que encontramos y nos quedamos allí, mirando por la ventana y pasando hambre. La comida se acabó“. Sus ojos se llenan de lágrimas.

Hasta que un día alguien vino a rescatarlas de su oscuro cautiverio: “Oímos como llamaban a todas las puertas unas personas que hablaban en yiddish, y nos decían que saliésemos que nos iban a llevar a un sitio más seguro”.

Eran brigadistas de la Jewish Brigade, hombres de la Palestina británica a los que Churchill permitió ir a Europa a luchar contra los nazis y que luego se quedaron ayudando “a los judíos supervivientes, a los niños perdidos, a los que estaban escondidos…”

“Nos recogieron de noche y nos agruparon en un edificio, creo que era un hospital”, recuerda Rajel. “Nos dijeron que nos sacaban de Polonia, que ya no era segura. Mi madre quería ir a su pueblo natal pero decía que ni hablar, que era una muerte segura”. De hecho, Rajel nos cuenta que años después ha sabido que en la zona del pueblo de su madre tiraban a los judíos desde los trenes en marcha: “Hubo masacres en muchas partes de Polonia y esto les pasó también a muchos de los que salieron de Auschwitz”.


Un viaje a por toda Europa

A partir de ese momento empezó lo que Rajel recuerda como “la parte más dura de mi vida” porque para salir de Polonia hubo que llevar a los niños por un lado y a los adultos por otro, así que “me separaron de mi madre”. En camiones, de noche y cruzando clandestinamente media Europa salieron de la que fue su patria.

“Atravesamos muchos países –nos dice–. Recuerdo el paso por Checoslovaquia porque fue el único que nos dejó entrar legalmente, así que pasamos de día”. Tenía entonces unos siete años y todavía guarda en su memoria que “podíamos jugar con la nieve”.

La última parada también la recuerda: “Fue en Viena, en un sótano lleno de ratas en el que estuvimos dos semanas. Teníamos que dormir en el suelo, con las ratas a nuestro alrededor”. Durante todo este tiempo, muchos meses, ni Rajel ni ningún otro de los niños que viajaban con ella sabían nada de sus padres.


Destino final: más campos

El destino final de aquel largo viaje era la zona americana de la Alemania ocupada, donde a Rajel no la esperaba su madre: “A ella la llevaron por otro camino y al final también llegó a un campo, pero no era en el que estaba yo”.

Allí empezó una búsqueda que, tras pasar por muchos campos distintos durante casi un año, tuvo un final auténticamente de película: “Un día íbamos en una fila al comedor y de repente oigo a alguien llamarme en yiddish. Nadie me llamaba en yiddish, la vi, fui corriendo hacia ella y nos abrazamos. Cuando levanté la cabeza estábamos rodeados por los demás niños e incluso por transeúntes alemanes”.

Su madre llevó a Rajel al campo donde estaba ella con su nuevo marido. Se había vuelto a casar: “Era algo que hacía mucha gente porque había miedo y se habían perdido muchas familias”.

Pasaron cuatro años en ese campo, con supervivientes de los campos de exterminio y, paradójicamente, en los primeros meses también con prisioneros alemanes: “En aquellos lugares se metió a toda la gente que había desplazada, y muchos eran los colaboracionistas de los nazis que no se atrevían a volver a sus países. Así que los judíos estábamos juntos con los nazis”.

Además, en esa primera época los campos tenían alambradas electrificadas, hasta que Truman “mandó a un representante para que examinase las condiciones de estos campos” y, tras ver los informes, ordenó separar a los judíos de los nazis y mejorar las condiciones en las que se vivía. Eso sí, sin electricidad pero no dejó de haber valla.

Rajel nos dice que nunca ha hablado de estos campos porque “no eran como los de la guerra, pero la misma idea de que existiesen y de que existiesen durante años es increíble”, algo en lo que no podemos sino darle la razón. “Puedes buscarlo en los libros de historia, pero yo estuve allí”, asegura por si la historia nos parece demasiado fuerte para creérnosla.


Un día muy especial

Durante todo este periodo se creó, como es lógico, un fuerte sentimiento de desarraigo: “Sabíamos que nadie nos quería acoger y al final tampoco nosotros queríamos ya ir a ningún sitio, el centro de nuestra vida era luchar por la creación de un país propio”.

Y ese país llegó, el 15 de mayo de 1948 se creó el estado de Israel, y Rajel lo vivió así en su campo: “Recuerdo la votación en la ONU, teníamos una pequeña radio y había muchísima gente en mi clase del colegio, yo estaba sentada en mi mesa. Al principio cada vez que un país decía YES gritábamos y vitoreábamos, pero a medida que seguía la votación se hizo un enorme silencio… Parecía que había más “yes” y que sí, que íbamos a tener un país…”

“Lo que más recuerdo es que al final todos llorábamos, todos llorábamos”. Y aún hoy, casi 63 años después las lágrimas se deslizan por el rostro de Rajel.


Después de los campos

La familia de Rajel se había apuntado para viajar a Israel en el famoso Exodus, pero complicaciones en el embarazo de su madre la obligaron a guardar cama y no pudo ser una de las 120 mujeres que dieron a luz en aquel abarrotado barco. Al nacer su hermano ya era tarde: “Había estallado la guerra y mis padres no se atrevieron a ir, al final mi padrastro encontró familia en EEUU y fuimos allí”.

Finalmente, muchos años después Rajel logró llegar a Israel: “Ya desde el barco al ver el puerto de Haifa, no podía parar de llorar, sentí que aquel era nuestro hogar, el sitio del que no nos iban a echar, y así debe ser” nos dice. “Era el momento en el que se hizo justicia al pueblo judío, era lo justo y sigue siéndolo”.


LA HISTORIA DE EVA

Mientras Eva llegaba al mundo en un sótano de Budapest, fuera, la ciudad se reducía a escombros bajo las bombas. Era junio de 1944, época en la que los judíos húngaros despertaban obligados a la pesadilla tardía de la persecución. “La gente en Hungría estaba medio convencida de que no pasaría nada porque estaban los ‘flechas negras’ que eran aliados de Hitler” nos cuenta Eva Leitman Bohrer. Pero no fue así “llegó, más tarde, pero llegó”.

Persecución y huída. Dos palabras que han sido de las escasas constantes en la existencia de esta mujer, que aún desconoce la respuesta correcta cuando le preguntan de dónde procede al decir sus apellidos.

El primer éxodo lo vivió cuando aún no tenía un año y el acoso a los judíos en la capital húngara dejaba de ser un atisbo para transformarse en una tortura cotidiana.

Su abuela y su tía abuela hicieron de avanzadilla, y huyeron a París en 1943, mientras ella esperaba junto a su madre y su abuelo con la promesa de reunirse en Francia. “Pero cuando ellas llegan a París, está todo lleno de alemanes” relata Eva. “Tuvieron que irse como pudieron”. La segunda huida situó a las dos mujeres en España, una casualidad que más tarde le salvaría la vida a la propia Eva.

Entre los 600.000 judíos húngaros que fueron exterminados por la barbarie nazi estaba el padre de Eva. Su rastro se perdió en 1944, y la niña que era entonces nunca lo volvió a ver. Como a sus tíos, sus primos… Todos desaparecieron entre los millones de cadáveres de las alambradas de Auschwitz-Birkenau.

Con los años, ha ido recuperando los débiles retazos de su historia, a través de viejos documentos: “Sé que estuvo en un campo de exterminio, donde eran esclavos. Murió en una de las marchas de la muerte”, asegura, mientras sostiene las dolientes pruebas.


¿Cómo se salvó la pequeña Eva?

En cuanto a su propia historia, Eva tardó muchos años en saber con difusa exactitud qué fue lo que ocurrió. Recuerda que, cuando quisieron reunirse con su abuela en Madrid, ya era demasiado tarde. Los alemanes habían tomado las calles de Budapest, y la ciudad se había convertido en una ratonera, cuya única salida para los judíos conducía al exterminio de los campos.

Vivieron escondidas, temiendo lo peor, hasta que la salvación llegó en forma de sello postal, desde la capital de España: gracias a una carta enviada por su abuela, pudieron acreditar que tenían familiares en nuestro país. Un improvisado salvoconducto que su madre utilizó para ser salvadas por el conocido como el ‘Schlinder español’ el joven diplomático zaragozano Ángel Sanz Briz que salvó la vida de unos 5.200 judíos.

Así, se refugiaron en una de las casas que Sanz Briz había alquilado en Budapest para, aprovechando un subterfugio legal, dar a quienes acreditaran su teórico origen sefardí una licencia que les permitía seguir con vida.

Los meses que pasaron en la casa española las mantuvieron vivas, pero en el recuerdo de la familia pervivían como “una pesadilla, vivíamos hacinados, no había intimidad ninguna”. Y tras la casa de Sanz Briz, de nuevo la huida. De allí, se escaparon a Checoslovaquia, saltando a Viena, París… un éxodo perpetuo entre muchas ciudades de la Europa despedazada de la Segunda Guerra Mundial.


Tánger, hogar provisional de muchos judíos

Hasta llegar a Madrid. Pero allí no les esperaba su abuela, sino otro giro del destino: había huido a Tánger “ciudad internacional”, porque en España “cada día había más alemanes” y eso les provocó un más que comprensible miedo.

En Tánger “se refugiaban muchos judíos, esperando el visado para irse a alguna parte” nos explica. Allí Eva se concienció de quién era su yo oficial, de la condición a la que pertenecía y que le perseguiría siempre: “Todos éramos personas desplazadas, apátridas. Yo fui apátrida hasta los 18 años”, recuerda.

Esos tiempos se rellenan en los recuerdos con instantáneas agridulces en el restaurante familiar que establecieron en Tánger. Su madre volvió a casarse y Eva ocupó el hueco de aquél padre que le arrebató el Holocausto.

Años después, de vuelta en Madrid, recuperó su identidad legal, tras no pocos problemas. España aún no había aprobado la convención Nansen de refugiados políticos, lo que suponía “un sello enorme en la primera página del pasaporte que decía ‘No es protegido del Gobierno español’ que me suponía continuas humillaciones cada vez que viajaba”.

En aquel Madrid de los cincuenta el día a día tampoco era sencillo: “Eran años duros, en muchos sentidos, porque en esa España tan católica ser judío era ser diferente“. De entonces quedan en la memoria, entremezclados, los cuchicheos entre pupitres cuando salía de la clase de religión, y las particularidades de una casa en la que se hablaba español, húngaro, inglés y alemán.

O lo extraño que resultaba el bocadillo de pimiento verde que llevaba al colegio. De nuevo el estigma de ser diferente: “No éramos corrientes” evoca Eva. “Un adolescente necesita identificarse con los demás, y yo no tenía referencias. ¿Cómo me iba a sentir igual que todo el mundo?”. Ahora, curtida por la vida, relativiza aquel sentir: “Yo me hacía mi propio cine y aceptaba que nuestra vida era diferente”.


Mis raíces soy yo”

Por eso es complicado hablar de raíces o de arraigos con Eva. “¿Raíces?” dice, mientras arruga el gesto. “He buscado toda la vida tenerlas. Cuando me instalé aquí me dije ‘¡qué bien, voy a ser española!’. Y voy, y me enamoro de un chico que vive en París. Y me vuelvo a decir: ‘bueno, ya tengo una casa en París, voy a ser francesa’. Voy a crear una familia. Y de repente a mi marido le destinan a Venezuela 12 años”, nos cuenta.

La vida de Eva ha sido una constante huida hacia adelante que la ha convertido en la mujer firme y segura que hoy recuerda la escasa infancia que el nazismo le permitió vivir. La desnutrición, la vitamina B12 para engordar, o el dedo acusador en la escuela son cosa del pasado. Gracias a su perseverancia ha llegado hasta aquí.

Y también, gracias al regalo que su padre le hizo al fallecer su madre: los documentos que acreditaban la muerte de su primer padre en el campo de exterminio, el pasaporte español de su abuela…”creo que debes tenerlos, me dijo”. “Son la prueba de que lo que me contaba mi madre es verdad” dice con la voz entrecortada.

Después regresa la Eva henchida de seguridad: “He entendido que mis raíces soy yo“, sentencia. “Las mías nunca serán como las demás, no están donde me lleve la vida, o en el apego a un sitio. Están en mí”.


BÚNKERES DEL RECUERDO

Las historias de Eva o Rajel son narraciones en primera persona de la barbarie. Infiernos privados, fragmentos del horror que conformó uno de los crímenes más vergonzosos de la Historia de la Humanidad. Ellas sobrevivieron, pero otros seis millones no.

Son mujeres-memoria, búnkeres del recuerdo que testimonian el horror y que van desapareciendo. Eva y Rajel, desamparos iguales y ejemplos de superación: aplazaron su odio, olvidando la venganza con la promesa de una justicia futura.

La pregunta se torna inevitable: ¿Cómo sobreponerse a todo, recomenzar sin albergar rencores? Su respuesta es sincera: “Con ganas de vivir”. Ímpetu heredado de sus madres, las auténticas heroínas que atravesaron el infierno para salvarlas, para que estuvieran aquí, hoy, compartiendo con nosotros sus recuerdos.

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